No puedo dormir. Los motivos pueden ser varios: estoy con los horarios cambiados, estoy pasada de revoluciones o no puedo dejar de pensar en los aeropuertos.
Sí, los aeropuertos, esos lugares inmensos, repletos de gente con valijas, mochilas, ruidos, olores, historias de vida. Lejos de ser una antropóloga frustrada, siempre me gustó observar a las personas durante mis viajes: al chico sentado frente a mí en el tren que escucha música y de vez en cuando encuentra mi mirada, a la señora que trata de leer para placar el ansia de su "primera vez" en avión, al matrimonio con hijos pequeños que lloran y corren de acá para allá por la sala de espera antes del vuelo. ¡Cuántas vidas cruzadas en un aeropuerto! Cuántas historias sin conocer, cuántos corazones rotos, cuántos sueños postergados. O por cumplir, tal vez.
"Bristol International Airport, last call for all passengers travelling on flight ..." -decían los altoparlantes. No les presté atención, ya que no se trataba de mi vuelo, pero poco importaba, ya me estaba yendo. Era junio de 2010, y mi historia se empezaba a llenar de grietas, imperceptibles mas definitivas.
Había transcurrido en Swansea nueve meses, vividos intensamente, entre la universidad, los pubs y las fiestas. Volverme a Italia significaba dejarlo todo, esa vida hecha de amigos nuevos, saquitos de té PG, la playa, las Foster's, cheese&chips.
Era, también, separarme de F.
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| Bristol International, entrance hall. [fuente] |
